Juan Antonio Medina
Fue Samuel Butler quien acuñó una frase rotunda: "Banalizar la vida y trivializar la muerte son estúpidas constantes de la raza humana". Puntual como pocas, la cita resulta idónea para iniciar una travesía por los cada vez más escabrosos senderos del periodismo hondureño actual, sobre todo, por los caminos de una marcada tendencia hacia lo baladí, del juego con la trivialidad o la preponderancia de lo insustancial y común en medio de la realidad terriblemente patética.
El fenómeno tiene tantas variantes como vertientes; además, encierra su propia gramática y una codificación que se construyen o se ocultan mediante esquemas y mecanismos muy sutiles. No se trata, pues, de un lenguaje fácilmente discernible; las claves de la manipulación son siempre opacas, ambiguas, más metonímicas que metafóricas; de ahí su contundencia y eficacia, especialmente cuando como ocurre en los medios de comunicación hoy y aquí adoptan formas convencionales para entremezclar o disfrazar contenidos precisos.
El uso de tales convenciones, como enmascaramiento del verdadero mensaje, es harto variado y ha sido objeto de innumerables estudios semióticos o análisis semiológicos en otras latitudes y desde hace mucho tiempo: Packard, Eco, McLuhan, Tuchman, Ganz y Edmund Lambeth son algunos de los teóricos empecinados en develar las truculencias de los mass media, término amplio y universalizado durante el siglo veinte como sinónimo de comunicación masiva. En Honduras excepción hecha de un magnífico texto de Julio Escoto sobre el tema, aún no se ha realizado un examen exhaustivo ni una caracterización de los aspectos, entretelones, orientaciones semánticas y ramificaciones económicas de los medios; ha habido, sí, reseñas, comentarios, más de un ensayo e intentos de esclarecimiento al respecto (el presente es ejemplo de ello), pero limitados y parciales.
Quizás el hecho apuntado se deba a que, hasta ahora, el periodismo hondureño (impreso, radial o televisado) ha adolecido de un mimetismo, ridículo en ocasiones, que busca en fuentes foráneas moldes, estilos y comportamientos; de una manera u otra, los medios nacionales copian o reproducen modelos y estereotipos que han tenido éxito relativo en el extranjero: formatos de primera plana, ulular de sirenas, anticipos informativos, repeticiones visuales y toda una miscelánea de seudodebates, consejería astral, vodevil artístico y recadero telefónico; en síntesis, obsolescencia y mal gusto. Mirados así, no es difícil entender el por qué estos órganos informativos eluden un tratamiento hondo y sistemático y las razones por las cuales una crítica de los mismos resulte escasa y esporádica.
Semejante fantasmagoría de lo banal tiene sus raíces, probablemente, en la ausencia de profesionalismo periodístico; si bien el género se enseña en el nivel universitario y el proceso conduce a un título (útil en las pasarelas de la fama vernácula, imprescindible en la persecución del estatus), existe una serie de carencias significativas, de vacíos abismales en la formación intelectual que ofrecen los planes de estudio. El sentido de responsabilidad social exigido por el oficio uno que requiere de valores, virtudes y principios excepcionales, el compromiso ético y el dominio de los excesos, para el caso, no trascienden el enunciado retórico y discursivo del 25 de mayo, conmemoración que ha venido trivializándose en premiaciones profusas y festejos prolijos.
Todo lo afirmado anteriormente podría referirse y aplicarse en el contexto hondureño de otras profesiones: es evidente que el mundo académico enfatiza algunas habilidades observables, destrezas prácticas y aptitudes en lo técnico; pero, al mismo tiempo, evade la esencial valorización del saber y la edificación, sobre los sólidos cimientos de una ética irrenunciable, del interés genuino y sin aviesos propósitos por aquellos intangibles como la verdad, la solidaridad con el prójimo y la moral ciudadana; es, pues, no sólo una falla epistemológica sino, también, deontológica que se magnifican en el ámbito del periodismo.
Por supuesto, no siempre ha sido así. En sus avatares históricos, la prensa nacional ha tenido momentos brillantes y sobrevivido aun en períodos de violenta inestabilidad política, cruentos paroxismos y crisis insólitas. No debe olvidarse que este país, en los últimos dos siglos, vio el arribo al poder por las malas en la mayoría de los casos de setenta y tantos gobernantes, la promulgación de trece constituciones y un cúmulo de hechos inverosímiles, tan pasmosos como brutales; desde una perspectiva optimista, la historia de Honduras deviene material precioso para una hipotética novela del absurdo o para una tragicomedia con entremeses. Y es en ese contexto donde hombres como Ramón Rosa, Turcios, Molina, Paulino Valladares y Salatiel Rosales (para nombrar a algunos), sin pasar por aprendizajes formales y sin ser inmaculadamente puros, sentaron cátedra de periodismo del bueno: incisivo, irónico, pero orientador e ilustrativo además.
Con altibajos, esa tradición se mantuvo incólume y ejemplar, tanto en el diario impreso como el radiofónico e inclusive cuando el surrealismo del entorno grotesco y pintoresco a la vez cedió el paso, en los ochentas de la pasada centuria, a un angustiosos páramo de sombras.
La época todavía despierta incredulidad y continúa retando a la imaginación: desde afuera, y en complicidad con agentes internos, se engendró la atmósfera mortal en que sucumbió casi toda una generación; generación culpable de leer a Brecht, tararear a Violeta Parra, entusiasmarse con el sandinismo de entonces o de, simplemente, dejarse el pelo largo. La desolación se abatió sobre las ciudades, el país se llenó de retenes y un miedo visceral pobló las calles; el susurro sustituyó la vocinglería habitual y la desconfianza fue norma; se perdieron la risa y la sonrisa, aun el machismo del sonsonete folclórico. Se desapareció a las gentes. Y mientras, desde su siniestra guarida, el procónsul tendía negros puentes hacia la ignominia, un general atrabiliario y mesiánico imponía la bestialidad en los gremios, los colegios profesionales, los partidos políticos, las cortes y el gobierno de una república impotente, inerte y azorada.
En medio del espantoso aquelarre, sin embargo, hubo quienes decidieron alzar la voz y rasgar el atroz silencio utilizando el sitial, conquistado con el prestigio que confieren los años de experiencia, que les correspondía en el periodismo hondureño. Conocían el riesgo: no sólo ponían en precario su posición laboral, sino en inminente peligro sus propias vidas y las de los suyos; no obstante, con prudente inteligencia, asumieron tan delicada responsabilidad, conscientes de sus actos y dispuestos a demostrar que la libertad de expresión como lo sabía Martí pertenece al pueblo. Los nombres de estos ciudadanos verticales son varios, pero la memoria suele ser ingrata en ocasiones; de ahí que baste uno para significarlos a todos: Don Ventura Ramos.
Han transcurrido más de veinte años y se podría suponer que aquella terrible etapa habría dejado una lección vigorosa de ética periodística y de veraz pundonor en la prensa nacional. Por el contrario, y en la medida con que se validan los avances del formulismo democrático (alternabilidad en el ejercicio gubernamental, decrecimiento del militarismo y sujeción de éste a los poderes civiles del estado, cada día más independientes entre sí, etc.), se hace notoria una desafortunada agudización de los males y deficiencias que, además de menoscabar o minar su lado positivo porque lo tiene, permean y hacen vulnerable al periodismo hondureño en la actualidad.
Ya se había señalado, en los comienzos de este escrito, una serie de yerros y defectos en los medios (afán mimético, intrascendencia, sensacionalismo y esquemas estereotipados u obsoletos), producto probable de este subdesarrollo endémico, feroz, que lo impregna todo y a todos. A ello, debe sumarse un absoluto desdén por la precisión expresiva no se diga nada de la pulcritud verbal, los sesgos de la información, el producto comercial ofrecido como nueva periodística; la tendencia hacia lo que, en otros lugares, se ha bautizado como reportaje de bulevar (más inclinado a ver la botella "medio vacía" que "medio llena") y, particularmente, la creciente costumbre de editorializar las noticias, vicio nefasto y de imprevisibles consecuencias para una prensa libre. Lo dicho es perfectamente constatable y debería atraer la atención de quienes, convencidos plenamente de su vocación y de las posibilidades extraordinarias del oficio, puedan hacer algo concreto para remediar el entuerto.
Evidentemente, el problema es complejo y heterogéneo; sus manifestaciones afloran, con alguna peculiaridad, en la radio, la televisión y el medio escrito; sin embargo, es en este último donde la gradual descomposición del periodismo reviste caracteres alarmantes.
Dígase lo que se quiera, pero es innegable que el periódico impreso sigue siendo el medio de comunicación social por antonomasia, aun en una Honduras con índices de analfabetismo inconcebibles en el siglo veintiuno. En un amplio sentido, sus rivales sólo le superan por la difusión y explotación inmediata de los acontecimientos; no obstante, el prototípico diario posee la ventaja de aunar periodismo de información y periodismo de opinión, ofrecidos al público como texto y fuente de inagotables relecturas (es curioso cómo, en el país, los órganos radiales y televisados se nutren de los escritos, sea con los titulares de la página principal o por vía del escamoteo noticioso; ello no es de extrañar cuando, como sucede generalmente, el reportero trabaja en ambos medios; los ejemplos abundan).
Y es ese atributo, el periodismo de opinión presente alguna vez en los otros informativos, pero de mayor calado aquí, lo que da al diario impreso su preeminencia; de ahí la preocupación de muchos observadores por la pérdida paulatina o el empobrecimiento de las interpretaciones valorativas en un medio de tanta importancia y trascendencia como el escrito, fenómeno que reduce y convierte el pensamiento orientador en insulso y malicioso ajetreo, en entredicho y chisme.
El diccionario define el chismorreo como "Noticia verdadera o falsa con que se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna" (chisme proviene del latín "schisma": división); si se amplían sus denotaciones, es maledicencia pura, certera catapulta de injurias, diatribas, calumnia y difamación. En un periodismo identificado con los cánones éticos elementales, el chismoteo sólo se justifica cuando, lejos de agredir a la persona, insinúa sus bondades; de lo contrario, resulta inadmisible, excepto cuando la publicación pertenece al mundillo frívolo del entretenimiento y el espectáculo; aun así, calza firma responsable.
Ejemplo claro de lo último es el caso de Walter Winchell, columnista norteamericano del siglo anterior y famoso por su falta de escrúpulos. Punto de partida de una exitosa especie Ed Sullivan, Hedda Hopper, Louella Parsons y el virulento "Red" Smith, Winchell adquirió celebridad en las páginas del diario The Evening Graphic, que triplicó sus ventas gracias a la intromisión del periodista en las intimidades ajenas; con todo, Winchell tuvo el cuidado de establecer una frontera entre sus comentarios deletéreos y la línea editorial de los periódicos al rubricar sus trabajos; de esa manera, dejaba para sí las consecuencias de sus textos y eximía a los diarios de responsabilidades legales, aunque no morales.
En realidad, el cotilleo periodístico (combinación de chisme y chiste) no debería sorprender a nadie en estos tiempos de cibernética e internet; pero, sí alienta suspicacias el hecho de que, como si se tratara de un malévolo conjuro, surja y se disemine con tanta rapidez en los cuatro periódicos mayores del país. Los "Apuntes", las "Pildoritas", el "Pssst...te lo cuento", "La cabulla"; lo "De buena fuente", el "Claroscuro, el "Compendio legislativo", los "Dime y diretes" y, ¡vaya!, un recién llegado "Cotilleo" son señales de que algo huele mal en Dinamarca.
Los códigos formales y conceptuales de esta súbita florescencia chismográfica esconden, tras la fachada de la liviandad, un sincretismo sui géneris: presentan, simultáneamente, rasgos de la columna tradicional (con las excepciones del "Pssst...te lo cuento" y de "La cabulla", que ocupan casi o toda la página), tintes de "glosa", la subjetividad del artículo y la ligereza del "suelto"; al interesante híbrido hay que añadir la facilidad con que sus autores anónimos, como los juglares rompen los linderos que separan, teóricamente, al editorial de las gacetillas.
Estos malabarismos técnicos, comunes a todos los textos mencionados, generan una confusión lógica en el lector, quien no puede distinguir los límites entre la verdad informativa y la especulación ponzoñosa; repetido diariamente, visto en el mismo sitio y con igual tipografía, amparado en el anonimato y con una jerga plagada de apodos y frases hechas (como muestra: "Aquel que dijimos", "pinochetío", "el terrorcito", los "pegatex", "el hombre de palacio", "el hombre de las siete décadas", "la mujer araña", etcétera), lo comentado en esas columnillas termina por ser trivial y tan baladí como sus subtítulos ("Reunión", "fusil", "manguerazo", "palique" y otras linduras de similar factura); tan banal como las "agudezas mentales" de un programa televisado, pero tan peligrosamente perjudicial para el futuro del periodismo hondureño y la forja de una opinión pública como la avasalladora corrupción que galopa, hoy, en potro sin bridas.
Dentro de los contornos fijados por esta amenazante rutina, por la desvalorización acelerada de una de las profesiones más ilustres desde el Renacimiento, nadie es inmune ante la impunidad de la nueva casta. La aseveración de John Rawls respecto a que "Cada persona posee una inviolabilidad que se funda en la justicia y que incluso el bienestar de una sociedad no puede atropellar" se vuelve papel mojado ante un juego carente de reglas aparentes, pero regulado por su propia dinámica y obediente a los dictados de la falacia premeditada, entre otras cosas.
En definitiva, la trivialización de una problemática tan difícil de solucionar como la nuestra, su deliberada simplificación, no constituye sino una señal ponderable de que, a pesar del rumbo recorrido tan dolorosamente a lo largo del víacrucis histórico, todavía no recobramos la memoria colectiva.
No hay nada divertido en el paisaje sociopolítico hondureño: la educación es eufemismo, la cultura es paródica y la salud se informa en asambleas; la patria se debate en los campos del fútbol y la delincuencia se torna, también, trivialidad. Es la apoteosis del despiste, una tierra donde predomina el retorcido desconcierto y en la cual, como decía Jefferson, la única parte veraz de los periódicos son los anuncios.