Reflexiones sobre el entramado prensa - poder
Julio Escoto
Comprimido de un contexto global
La experiencia histórica enseña que, en el proceso de su consolidación, las sociedades tienden a aceptar ciertas mediaciones que les facilitan la transmisión de los valores deseados y necesarios para conservar el equilibrio del tejido comunal. Es así como las peculiaridades, llamémosle individuales, de un núcleo hogareño se socializan y se acepta que otras instancias más allá de la familia intervengan para representar los intereses domésticos, a fin de figurar un compartido de nación.
Si al inicio fueron los padres quienes pasaron de generación en generación los conocimientos ancestrales (tronco genealógico, autoridades, apellidos, ascendencia, relaciones paternas y maternas, memoria íntima, proyectos y proyecciones de cada núcleo), ahora se permite que otras entidades supuestamente concordantes (tutores para los oficios, Iglesia, luego Estado y Escuela) compartan la tarea de formación y modelación de la sociedad, inducido todo ello por la complicación que los nuevos saberes imponen, o que tecnologías recientes demandan, los cuales se salen del dominio cultural de los progenitores.
Es de esta manera que el adolescente (mayormente "él", y poco "ella") pasa a depender, para ser preparado en los ritos de paso, del rigor de personas y organismos extraños que, bajo el supuesto de mayor formación o "sabiduría", no sólo reproducen valores técnicos tradicionales sino que injertan otros provenientes quizás de universos más desarrollados, de patrones antagónicos que disienten de la norma e incluso de formas contestatarias que implican niveles de riesgo y disonancia con lo consentido y habitual. Por lo menos en el arte (que es refractario de alguna realidad) este ha sido el proceso. De pronto a Romeo no le importa la nobilidad de la sangre montesca sino lo sensual de la capuleta; el Cid Campeador no vacila en romper su código de honor y mentir con tal de conquistar el favor monetario de los hebreos prestamistas; más adelante el Duque de Windsor batallará contra el propio sistema para configurar su antítesis de amor, antítesis en cuanto apartamiento del canon secular. Los pueblos, pues, no pueden coexistir sin la aceptación de diversos grados de antagonismo en su seno, pues sólo de esa forma se dispara la espiral de la renovación y el cambio, que es decir del refrescamiento, empuje y avance de la sociedad.
Quizás sea atrevido afirmar que hasta inicios del siglo XX esta fue, en general, la fórmula natural programática con que el hombre accedió de un estadio a otro de progresión, pero parece muy lógico desde la perspectiva de la contemplación distante. Hagamos una pausa personal para entenderlo.
En algún momento de mi carrera de estudiante de Letras en la pasada Escuela Superior del Profesorado (hoy Universidad Pedagógica) mi padre, un conservador inteligente, decidió drásticamente separarme de aquella didascalia para él groseramente subversiva. Durante los años de enseñanza, cada estación de asueto yo retornaba a casa armado con inquietos argumentos para desafiar su visión de mundo, y le discutía con una pasión más digna de atrevimiento que de teorización. Dudaba de todo, invertía los términos de referencia, citaba de memoria a autores extraños, mostraba una dudosa tendencia hacia la problematización. El "ordenado" mundo sobre el cual mi padre había construido sus percepciones regulares se le disolvía anegado en el ácido de una dialéctica no por recientemente aprendida menos controversial, y las noches de vacación transcurrían en discusiones interminables, silogismos espontáneos, dudas sobre si mostrar o no a la mesa la instrumentación marxista que yo había acumulado, hasta que adoptó su perentoria decisión. Debía dejar de inmediato la Escuela Superior (en aquel entonces ágora de pensar y replicar), asunto que sólo se resolvió hasta que una dupla de amados maestros se trasladó desde la capital para convencerlo de mi retorno, en primer lugar, y para asegurarle, en segundo, que su vástago renunciaría a continuar sosteniendo los postulados contestatarios de esa modernidad malévola.
Perdone el lector que me extienda un párrafo más en esta saga anecdótica pero es interesante contar que el corolario de esa confrontación tuvo un precioso efecto. En una de tantas visitas a la casa familiar descubrí (sorprendí) a mi padre leyendo al por entonces iconoclasta Ernesto Cardenal, volumen que yo había dejado allí para el azar (o para involuntaria clarificación de inclinaciones). En ese tejido delicado que es siempre la relación padre - hijo - para él cubierto de dudas sobre mi futuro, para mí cargado de cuestiones sobre su pasado- se adelantó durante el almuerzo y elogió a bocajarro la maravilla que era la vena del "Poema a Marilyn" del nica poeta, aquello donde ella alza el teléfono en su particular circunstancia agónica, sin nadie a quien más llamar que a su propia conciencia, y se encuentra con que Dios está con el auricular ocupado. Estudiante de Letras al fin, le dije que el texto pudo haber sido mejor elaborado, pero él se defendió ariscamente, lo esencial no debía ser la forma sino la sustancia, dijo, estábamos no cambiando de mundo sino al mundo, lo que había sido hasta hoy estereotipo podía significarse en una diferente trama de comprensión, partíamos, dijo, no del deseo sino de lo deseado y mis profesores debían estudiar más. Mi padre era un hombre naturalmente brillante y algo había prendido en él que por entonces ni yo mismo comprendía. Esa vez acepté permanecer callado. Repetía, sin saberlo, el esquema típico de progreso de la sociedad: las generaciones apropiándose del saber colectivo, modificándose unas a otras, resolviendo sus diferencias en actos de reafirmación no siempre meditados o voluntarios.
Permanencia y temporalidad
Hasta mediados de la década de 1950, cuando se imponen en el orbe formas nuevas de comunicación (masificación de la prensa escrita, TV, radio), esa era la media habitual de enfrentamiento y conciliaciones, y por algo peñas y tertulias literarias marcaron el flujo discursivo de los siglos XVIII y XIX. La trascendencia del análisis se fincaba más en el trabajo reflexivo que en la investigación y gran peso de la expectativa pública se centraba en lo interpretado: la línea Maginot no era sólo emplazamiento físico sino una concepción militar; se discutía la ética de emplear el gas mostaza, no su efecto letal, por demás sabido; comenzaba a ser polémica la tendencia Hearts de publicitar el escándalo, inventar reportajes, imaginar situaciones como dadas, fraguar reacciones. La prensa, nunca como entonces, comenzó a modelar a la opinión pública, un efecto que sólo podía proporcionar la modernidad. De repente el estallido del "Maine" significaba una política, no sólo un accidente militar; Haití no era una república sino una tribu a la que había que someter a normas civiles (que justificaban invadirla y corregirla); Caamaño fracturaba en República Dominicana las reglas y debía sometérsele; estos pueblos ariscos requerían al Gran Mediador que los extrajera del hundimiento apocalíptico y la prensa siempre estaba allí no sólo para documentar y atestiguar sino para cuestionar, elucidar, revelar heroicidades (Sandino es, por ejemplo, el primer revolucionario americano provisto con una poderosa caja de resonancia de publicidad, orquestada por Froylán Turcios) o para detectar, como después, en la década del 80, sutilezas imperiales (según la posición oficial, los freedom-fighters de Reagan nunca dispusieron de campamentos en Honduras, hasta que el New York Times divulgó fotografías de sus rostros feroces en la base Aguacate, a escasos kilómetros de la capital, Tegucigalpa).
La prensa, sobre todo la internacional, se las arreglaba para registrar en las gavetas recónditas y proveer material de información confiable, asumía su papel de barómetro de la sociedad. Mucho del cambio mental operado modernamente en el individuo diario ante fenómenos que se deseaba pasaran inadvertidos (la guerra de Vietnam, el escándalo de Watergate, el minado de puertos en Nicaragua, las contradicciones de poder durante el gobierno de Roberto Suazo Córdova) fue provocado por los medios de comunicación, los que no sólo para mayor venta de ejemplares sino por condición ética se sentían obligados a salvaguardar su posición garante de algún nivel de verdad pública.
El estilo decimonónico, pues, de revelación, comentario y análisis se impuso durante mucho tiempo, al amparo del principio de la libertad de la prensa para desempeñarse como un cuarto poder, libremente electo, ratificado cada día por el lector al adquirir su copia del diario.
Pero en el contexto también fueron imponiéndose las otras dos formas de comunicación masiva, la radio y la televisión, dueñas de sus propios códigos de operación y más constreñidas por presiones de tiempo, visualización y competencia. El público de estos dos medios era más anónimo e invisible que el de la prensa escrita, más volátil en su lealtad y en la permanencia de su sintonía, tanto urbano como rural, alfabeto o iletrado, y afecto además a aquel otro componente que la letra impresa era incapaz de reproducir: la música, y la radio al principio, luego la televisión, no sólo reacomodaron el mercado de la comunicación y la publicidad sino que además empezaron a rivalizar con el periódico al ofertar información y noticias, casi desplazándolo en la preferencia colectiva.
Excepto que por operar con costos fijos rígidos y sin capacidad para hacerlos elásticos según la aceptación del público, estos dos medios electromagnéticos tenían diferentes exigencias. Mientras que el diario podía variar el tiraje de un día a otro, conforme hubiera o no informaciones sensacionales, tv y radio estaban obligados a sostener la misma señal. En la prensa escrita el diario era el mensaje; en tv y radio, sonido e imagen eran sólo el canal. Esto condujo a polarizar abiertamente el modo de manejar en ellos tres los contenidos: el editorial y la columna de opinión, incluso la captación de grandes firmas analíticas, quedaron como enseña del periódico, mientras que tv y radio se especializaron en la prontitud, la rapidez y la brevedad, así como el breve span de concentración del ser humano (promedio 10 minutos) les obligó a perfeccionar los titulares - en especial en la televisión - en detrimento de la profundidad.
La fugacidad de tv y radio, su exigua temporalidad, a diferencia de la relativa "permanencia" del diario (que podía ser archivado y recordado) en la atención del lector, configuraron su distinta presencia ante los administradores del poder. Un editorial o un artículo podían ser rebatidos o desmentidos exactamente al día siguiente de su aparición, dándose incluso la posibilidad de alcanzar al mismo público que hubiera leído la versión anterior. En radio y televisión no. Las audiencias, mucho más móviles, particularmente en comunidades altamente analfabetas, recibían el impacto informativo en el mismo instante de su emisión provocando la reacción inmediata, consciente o inconscientemente elaborada, que les hacía actuar asimismo de manera pronta. Estos dos medios, por tanto, debían ser sometidos a una más rigurosa legislación que la atinente a la prensa escrita y, en lo posible, ser también mucho más observados y vigilados, sujetos a controles especiales que regularan su potencialidad de aquiescencia o de disensión con el poder. En el caso de Honduras, como de otras naciones latinoamericanas, esta es la razón de que existan organismos estatales expresamente dedicados a monitorear tv y radio (Conatel) y prácticamente ninguno para la letra impresa. O bien, igualmente en Honduras, que fuera esa la causa para que durante décadas el manejo de las comunicaciones se depositara absolutamente en manos militares (Hondutel), volviendo al espectro electromagnético una área de significación estratégica.
Desde luego que esa disposición estatal no tenía como primer fin resguardar al Estado de amenazas externas o de vecinos inamistosos, sino del incómodo disenso de la crítica interna. Un periódico podía ser clausurado en forma casi instantánea (militarización de La Prensa en 1967) pero una radio podía continuar operando en audiciones rebeldes hasta su suspensión definitiva (Radio Progreso, 1979) o bien transmitir en condición clandestina sin ser físicamente interceptada (caso de las emisoras voceras de movimientos revolucionarios), y de allí la intensa preocupación legislativa por normar todas sus variables.
Asimismo, tanto radio como televisión resultaron indispensables, más que el periódico, para asegurar el sometimiento de la población en casos emergentes. Desde 1956 todos los golpes de Estado ocurridos en Honduras se viabilizaron a través de la radio y en parte de la televisión, con los diarios actuando a posteriori. La radio fue no sólo el vehículo masivo de comunicación para dar a conocer las proclamas golpistas sino - y esto merece estudio semiótico aparte - para acondicionar al oyente en el uso de los códigos testificales de cada situación. En la Honduras de las décadas 60, 70 y 80 la "Marcha Radetzky" de Strauss padre fue el ícono fónico que, interpretado a la madrugada, aseguraba la inminencia de un coup dEtat castrense. Igual que, por esa educación radiofónica, ningún hondureño mayor puede escuchar la clásica "Marcha Fúnebre" de Chopin sin dudar de que anunciará un deceso, la "Radetzky" provoca a muchos, aún hoy, escalofríos que evocan los tristes decenios de imposición militar.
El clima político cambió, sin embargo, y para inicios de 1990 las figuras de control vertical concluyeron por ser ostensiblemente groseras. Cierta propensión a la democracia, estimulada desde el exterior y de la ansiedad de los pueblos mismos, obligó a oxigenar los sistemas represivos y a sustituirlos por cánones de actuación más abiertos, casi transparentes. Se liberó en mucho a los medios para escoger sin censura sus propios contenidos y materiales de trabajo, y más tarde, dentro del horizonte de una previsible globalización, se les dio carta blanca, o patente de corso, para desempeñarse al tenor de las regulaciones espontáneas del libre mercado. Dos interesantes fenómenos comenzaron entonces a escenificarse.
La modelación social
El primero de ellos sucedió dentro del proceso de modelación de la sociedad. Ausente de ataduras, desvanecido (turbio más bien) en mucho el espejo de su responsabilidad ética social, el medio (id est, prensa, radio y televisión) se dedicó a competir por captar audiencias, frecuentemente sin importar los recursos para lograrlo. De pronto la sociedad tradicional y doméstica en gran parte rural y por ello conservadora en su apropiación de principios, "Católica" en el sentido de percepción del mundo como tablado de lucha cósmica entre el bien y el mal se vio asaltada por imágenes y voces que rompían su habitual pudibundez. Desnudos pocamente estéticos, relatos rojos de violencia hasta entonces inusitada ocuparon las páginas de los diarios, y aquellas series de elemental humor anglo con que arrancó la televisión en la década de 1960 en Honduras (la perra Lassy, el buenazo de Superman, el Show de Dick Van Dyke, el tosco Bono y la espectacular Cher, Lucy, Mi Mujer es Hechicera), que en alguna forma reproducían valores familiares, con todo y sus conflictos al final enmendados, se fueron extinguiendo para dar paso a la más cruda virulencia de un Hollywood que se separaba de las cursilerías bíblicas de Cecil De Mille y se aventuraba a conquistar el público de posguerra, esencialmente urbano y de mayor poder adquisitivo. "Rebelde sin Causa", con James Dean, debe haber sido como el pistoletazo inicial de la carrera voraz por el bien más preciado del espectador, su dinero, quedando atrás cualquiera otra preocupación moral o cualquiera otra responsabilidad social.
En tal teatro colectivo también hubo actores perdedores. En Latinoamérica la Iglesia comenzó a sufrir las competencias del pensamiento luterano, más ágil, menos boscoso, incluso permisivo, hasta culminar en el corolario de las sectas actuales. Según un autor sampedrano, Juan José Herrera, hacia 1958 Monseñor Antonio Capdevila estuvo a punto de iniciar en la ciudad una cruzada pública para declarar anatema sobre el Instituto Evangélico de educación secundaria, temiendo que, como en efecto sucedió, la catolicidad de su grey se debilitara. Hombre visionario Monseñor, a su manera, ha de arrepentirse, donde se encuentre, de su indecisión.
Pero, aparte de esos rangos de relativa espiritualidad, la radio y la televisión también comenzaron a asimilar y reproducir los valores de la individualidad a ultranza, la insolidaridad, el provecho individual y el canibalismo social que caracterizan al más crudo corpus capitalista. Si no cometo error, creo que hasta la década de 1970 el 4 de Julio era en Honduras fiesta oficial, con asueto escolar incluido. Luego arribarían Halloween y Acción de Gracias, y en algunos centros escolares de clase alta se celebra además el Día irlandés de San Patricio, no distante del calendario dedicado al indígena Lempira. El sistema educativo estatal y el privado conocieron entonces de la poderosa presencia de otros agentes multiplicadores de valores, a los cuales se hacía cada vez más difícil resistir, la radio y la televisión. Ya es un axioma aseverar que un infante que contempla televisión cuatro horas al día presencia en ese lapso por lo menos diez actos de homicidio, con las delicadas consecuencias que eso origina en la sensible captación de visión de mundo a que el infante está perennemente sometido. La globalización, pero la del deterioro, llegaba para quedarse.
El proceso de esa nueva modelación ha sido tal que puede afirmarse empíricamente, pues falta la investigación para avalarlo, que no fue la sociedad la que modificó sus valores sino que fueron los medios los que se los hicieron cambiar. Un estudio comparativo podría demostrar, como ya se ha hecho en EUA (ver mi libro "El Ojo Santo"), la existencia de un hilo causal entre eventos violentos dramatizados en la televisión y la vida real. Y si bien es aceptado que la televisión no genera violencia, ha sido comprobado que la alimenta, particularmente en el seno de una comunidad que carece de otras ofertas de legitimización social y de oportunidad de refuerzos sistemáticos a su conciencia de identidad.
No menos trascendente es el caso de la radiodifusión, que arrancó con sumo apego al pálpito nacional y que en recientes años ha caído en manos de comerciantes amorales que no vacilan en utilizarla para chantajear políticamente a autoridades y a la sociedad civil, o que, como comienza a ser moda, la emplean para transmisión de programas que encienden el morbo del oyente, en algunas situaciones con extrema vulgaridad.
Lo hermoso de estos vehículos comunicativos, que podrían ser usados para educar a la sociedad, se ha disipado. La mentalidad gubernativa, empeñada a fondo para imponer la fábula del laissez-faire, se desentiende de su función democráticamente reguladora y entrega la misión de modelar cívicamente a quienes son, en muchos casos, sus peores sujetos, arribistas que ofician de comentaristas y guías de opinión, conductores de escena que trafican arbitrariamente con una propiedad del Estado, cual es el circuito electromagnético y, lo más grave, que en su afán pecuniario no admiten reglas éticas. De no realizarse una corrección, Honduras está a punto de sumergirse en un curioso estado de disolución moral que, si bien será interesantísimo para los antropólogos, en su esencia resultará crítico para la supervivencia nacional.
Carrera de galgos entre corruptos
El segundo fenómeno es a la vez terriblemente discreto y espectacular. La aventura democrática iniciada en la década del 80 en casi toda Latinoamérica obligó a los administradores del Estado y a la sociedad civil a diseñar nuevas formas constructivas con el llamado Cuarto Poder. Atrás debían quedar (aunque no siempre quedaron) los términos verticales de referencia que hasta entonces se estilaban y los medios fueron paulatinamente reconocidos como lo que siempre habían sido, empresas comerciales, epidérmicamente sensibles por ende a principios de control, inaceptables en la nueva atmósfera de libre mercado.
A fin de fomentar la deseada globalización las frecuencias radiales y televisivas pasaron a ser objeto de subasta pública, creando así en sus operadores, de facto, la impresión de propiedad total. Y para no intervenir en el clima autónomo con que los actores debían autoregularse según las leyes del mercado, se les liberó de la aplicación de los códigos de ética que tanto pregonaba la prensa de inicios de siglo, se permitió la concentración de medios en pocas personas o grupos de poder, se dejó a libre albedrío la formulación de tarifas y, lo que es peor, el Estado abandonó todo interés para equilibrar los volúmenes de contenidos y de publicidad dentro de los horarios de transmisión.
Cual broche de oro, el Congreso eliminó de la ley la obligación que los medios tenían para dedicar un porcentaje de sus espacios a temas cívicos y culturales. Un bromista consuetudinario ha acuñado la frase de que a partir de ese momento Honduras dejó de ocuparse de las relaciones interplatanares típicas de su castiza economía para aspirar a las interplanetarias.
Todo ese proceso desde luego que pudo haber encontrado un justo balance de haberse ahondado con honestidad en el cambio democrático. Lo que se suponía era que, al estilo en algunos países desarrollados, la prensa (entendiendo por tal los medios de comunicación y sus políticas y contenidos) adquiriera plena libertad para no depender de las variaciones usualmente imprevistas del poder. Facilitando una prensa independiente se aseguraba la autodeterminación, el debate ideológico, el ejercicio cívico y el predominio de los criterios de la sociedad civil en la talla del destino colectivo. Unidos gobierno y pueblo en ese diálogo, el intercambio de protagonistas propiciaría las condiciones para abonar fértilmente la naciente democracia, erradicando para siempre la imposición y el influjo partidario sobre los derechos de palabra y opinión.
Lo que aconteció más bien fue una interesante carrera de relevos. El nuevo reino usufructuado por los medios, y particularmente su capacidad para dosificar la información, atrajo primero el coqueteo y luego el intento de manipulación por parte de políticos en ascenso, en permanencia o descenso. Los noticieros hondureños, en especial de las dos grandes cadenas de radiodifusión, se tornaron en las décadas de 1980 al año 2001 en fuertes cajas de resonancia a través de las cuales se aireaba los problemas nacionales, dejándolos usualmente en ese llano ejercicio verbal. Con lenguajes analíticos o vacuamente semánticos, estas prácticas se han constituido, durante el par de decenios, en virtualmente el único foro accesible a las masas para calibrar la inteligencia y solidez de sus proponentes políticos, con resultados que oscilan desde la más visceral mediocridad a chispazos ocasionales de lucidez. El argot periodístico llegó a inventar, incluso, un término despectivo para sus más asiduos visitantes en prensa y radio: los "todólogos", es decir funcionarios o aspirantes a serlo, con la maravillosa capacidad para discurrir sobre todo tema crucial para la nación. La población, divertida al extremo, hizo de estos espacios una jovial distracción para disipar los problemas del día, pero aún así la oralidad vana sólo ayudó a construir nada.
Apostando a esos campos de elevado rating, tanto personas oficiales e instituciones de gobierno, así como grupos de oposición o en "la llanura", corrieron sobre la mesa sus fichas para ganar la apuesta. Ministerios, instituciones autónomas y organismos relacionados con el Estado asignaron en sus presupuestos soberbias cantidades de recursos destinados a pagar publicidad aparentemente neutral (mensajes informativos, divulgaciones, licitaciones, campañas educativas o de salubridad, saludos, cadenas nacionales) de jugosos dividendos para los medios involucrados. En un acto que sólo sirve para comprobar la recurrencia viciosa del sistema, o bien el servil halago de los ministros hacia su Poder Ejecutivo, el diario con mayor acopio de publicidad (páginas tras páginas en vivo color) que ha existido en Honduras en todas las épocas es "La Tribuna", cuyo promedio mensual pautado por entes institucionales es de 100 páginas (al tenor de US$ 80 000.oo al mes). ¿Accidentalmente?, ¿curiosamente?, el diario pertenece al actual Presidente de la República (2001).
El efecto bumerang
Durante años (1976 a 1990) los medios hondureños dependieron significativamente de esa publicidad para sobrevivir, pues el Estado se fue constituyendo paulatinamente en su principal patrocinador. La facturación por pauta oficial pasó de un escaso 11% en 1969 a 42% en 1980 para luego ascender verticalmente en 1986 al 51%, descender en 1990 y espiralarse en los años conclusivos del siglo (cálculos personales), lo cual no implica sino una importante vinculación de la prensa "libre" con el poder gubernamental. Para diarios jóvenes como "El Nuevo Día" (San Pedro Sula, ya desaparecido), los insertos sobre licitaciones, reproducciones obligatorias de "La Gaceta" (vocero oficial), contestación de demandas, regulaciones, ordenanzas, informes de impacto ambiental y otros llegaron a definir el delgado vértice entre continuidad y desaparición. Hubo un instante (Febrero, 1999) en que la factura oficial señaló meridianamente si el periódico aparecía o no al día siguiente.
La dependencia, no obstante, generó anticuerpos. Al aproximarse los períodos electorales cuatrienales cuando el gobierno alcanzaba su débil nadir, o bien cuando las finanzas públicas revelaban sustancial fragilidad de crédito los diarios, radioemisoras y televisoras comenzaron a exigir avales, ya que la pauta comprada por este gobierno podría no ser reconocida por el posterior, las personas publicitadas podían desaparecer tras el día de votación y sus firmas carecer de respetabilidad, la asignación presupuestaria de 2002, por ejemplo, sería distinta a la del 2001, por darse una nueva administración. Se requería garantías, letras de cambio, pagarés, pago anticipado. Hacia Agosto de 2001, que es cuando se escribe esta reflexión, cinco radiodifusoras de San Pedro Sula comisionadas para difundir la campaña del candidato Rafael Pineda Ponce han suspendido temporalmente las emisiones por deuda de tal grupo político y, es más, prescriben desde entonces acuerdos bancariamente respaldados. El efecto bumerang, aquel en que la hasta entonces víctima se vuelve victimario, ha empezado a funcionar.
Para mantener su atractivo sobre la intelectualidad de la clase periodística (he estado a punto de escribir intelectualidad entre comillas, tal el desprestigio general del gremio) desde 1980 los entes de poder han recurrido a su nuevo y singular artificio de seducción, cual es el de los galardones estacionales. Mientras que los premios nacionales en Literatura, Arte y Ciencia (tres distintas categorías) tienen cada cual una asignación de aproximadamente US$ 194.oo por año, monto con que se distingue la labor intelectual de toda una vida, el congreso o la presidencia de la república giran cheques de cinco dígitos, de una sola vez, a la selección de fútbol, o bien reparten subsidios personales que quintuplican aquella cantidad. Honduras, que es famosa por la curiosa lluvia de peces que ocurre periódicamente en la localidad de Yoro, presenta desde esa década otra original exhibición: la de ser el territorio ístmico con mayor cantidad de premios de periodismo y similares, diluvio de efectivo y regalos que alcanza su eclosión en Mayo, cuando se celebra el mes de los periodistas. Hasta hoy no conozco a nadie del gremio que haya protestado por ese indecoroso manoseo público.
Si se recopilara la lista de invitaciones y agasajos que prácticamente todo el gobierno ofrece durante prácticamente todo el mes e incluso Junio y Julio a los miembros de la prensa, la agenda sería no sólo cómica sino patética, y baste añadir muy objetivamente que nadie sería capaz de atenderla en plenitud. Desayunos, almuerzos, brunches, cenas, refrigerios, barbacoas, cócteles, saraos, paseos al campo, excursiones, todo profusamente regado con alcohol y halagos, citan a reporteros, fotógrafos, propietarios de medios, directores, funcionarios e incluso secretarias a disfrutar la entente así formalizada entre prensa y poder. Los premios de periodismo instituidos por el Congreso, el Ejecutivo, ministerios e instituciones autónomas comprenden, además y lógicamente, preseas, diplomas y bonificaciones en metálico ampliamente publicitadas, por lo que cada Mayo el país es un hervidero de rumores, negociaciones y celos conforme se va revelando la escogencia de los ganadores. Durante la ceremonia de entrega y con alguna honrosa excepción autoridades y periodistas se deshacen en elogios mutuos o bien se pronuncian encendidas piezas oratorias que transpiran sacrificio y amor a la patria o que repasan el catálogo de sus males y sugieren tímidas correcciones.
Adicionalmente, también en Mayo se desarrolla una premiación más discreta, cual es la de los regalos "personales" que los oficiales de gobierno hacen a los reporteros que cubren su fuente, y que varía desde un lapicero de marca a boletos aéreos, licor, prendas de vestir y dinero en efectivo. El Cuarto Poder se confunde entonces en cómplice y estrecho abrazo con autoridades y empresa privada, lo que desde luego genera profundas implicaciones éticas.
En efecto, desde aquella primera transacción en que los medios eran buscados para ser complacidos y conquistados, ahora son estos los que, en espera de las gratificaciones mencionadas, tuercen anticipadamente la objetividad de la noticia, se mediatizan y autocensuran sus opiniones. Mientras que en una puerta hace su aparición el periodismo mensual u ocasionalmente tarifado, por la otra salen el rigor profesional, el canon ético, la función crítica y la misión modeladora hacia la sociedad. Es más, procesos delicados de extorsión mutua se ponen en marcha y los editoriales escritos, los campos radiales de opinión o los programas televisivos de entrevistas y orientación entran a competir en el monopolio de influencias, distorsionando en globalidad su conducta moral. De esta forma, entonces, el periodismo, la prensa en general, transan en la bolsa política sus acciones, de acuerdo con el libre mercado, sólo que ahora ya no con fines pecuniariamente edificativos sino con circulante de principios y valores. Las casillas del juego perverso han sido llenadas y sólo queda nivelar sus vasos comunicantes para correr entre ellos el flujo de la corrupción.
Colofón
El maridaje entre prensa y poder en Honduras desde luego que repite esquemas ya perfeccionados en naciones desarrolladas, excepto que en esas la sociedad ha evolucionado de tal forma que cuenta con otras instancias capaces de desmontar y develar lo incongruente y demandar transparencia. De allí que para el país sea trascendental fortalecer las entidades democráticas independientes y asegurar para ellas una primera plataforma de sustento desde la cual impulsar acciones civilizadoras.
Es obvio asimismo que gran parte de las fuentes de donde se alimenta ese intercambio prostibulario residen en el manejo discresional de las cuentas del gobierno, específicamente las dedicadas a publicidad oficial, pues es a través de ellas que se institucionaliza la corrupción. Y si bien la empresa privada participa de algún modo en el proceso, es más bien con su silencio y su aceptación que valida la continuidad del deterioro. Se vuelve ya evidente que nuevos códigos de conducta empresarial están siendo necesitados, unos donde sin obliterar el lucro, y más bien para protegerlo, los líderes de la industria y el comercio deban asumir y exigir que la prensa se conserve independiente del Estado, de modo que la información y la orientación que nutren sus decisiones no sea viciada.
En términos globales es claro que la sociedad toda está demandando un cambio en la situación pero que carece de formas prácticas para expresar el disenso. En los próximos años otras propuestas alternativas deberán ser diseñadas e implementadas (boletines gremiales, semanarios, periódicos municipales, radios comunitarias) si se desea revertir el modelo actual, replicado de manera constante por las nuevas generaciones de comunicadores que ingresan al ejercicio profesional. La sociedad debe aceptar que se encuentra en una etapa crítica de desecho, generación y apropiación de valores, para adoptar otros modernos y democráticos, y que necesita urgentemente emprender ejercicios de terapia postraumática y reeducación, pues afortunadamente los seres vivos y la sociedad lo es pueden sanarse a ellos mismos.
Lo opuesto sería el caos.